Sin embargo, ella no. No porque no fuera capaz ni porque no tuviera sentido del ritmo o de la coordinación. Sino porque aún sentía vergüenza. Acostumbrada como estaba a la mentalidad de provincias, sabía que haría el ridículo. Por eso, sus labios reprimían el "ooohhhooohhhoooooh" que la deleitaba.
Hasta que se cruzó con ella. La vio, tan pequeña, tan menuda y tan delgada que parecía que en cualquier momento se iba a romper. Pero no. Caminaba sin dudar, con confianza y, por supuesto, sin romperse. Iba con sus auriculares blancos, casi más grandes que su cabeza, cabeza que no dejaba de mover al ritmo de su cuerpo. Sí, era era capaz de coordinar su cuerpo al andar y bailar y además iba cantando por el centro de la ciudad abarrotada a voz en grito.
No pudo evitar una carcajada y esta vez, además, no la intentó contener ni se se tapó la boca. Sintió tal identificación que, ahora, liberada, sí que se decidió: dejó a un lado la vergüenza y comenzó a bailar mientras caminaba (y acordaos de la doble dificultad de que, además, iba con prisa, como siempre). Y estaba disfrutando tantísimo la canción, que tanta emoción contenida la desbordó. No pudo más y cantó, a voz en grito: "I'm a free bitch, baby!!!"